A veces existe un divino presagio
Paola Cortes Rocca

Diario Perfil / Arte. Buenos Aires, mayo 16 de 2010

A punto de renunciar a la conquista de la ciudad de Tiro, Alejandro Magno sueña con un sátiro, una de esas criaturas de los bosques y las montañas. Sus agoreros leen allí un presagio de la futura victoria y el ataque se renueva hasta que la ciudad finalmente cae. Dicen que si no hubiera tenido aquel sueño, Alejandro seguramente habría desistido, aunque en verdad, lo que le aseguró el triunfo fue la interpretación del adivino. Efectivamente, esas señales que anuncian o previenen el futuro sólo son presagios cuando alguien los identifica como tales  y les da algún sentido. Este parece ser el eje que organiza Praesagïum, la muestra fotográfica de Eduardo Gil que reúne esa docena de imágenes, de colores sólidos y cuidada geometría compositiva, que el fotógrafo publicó en un libro con el mismo nombre, editado por Asunto Impreso.

Praesagïum no es exactamente una colección de paisajes, aunque lo que vemos no es una serie de retratos ni de objetos, sino de espacios. O más precisamente, de hallazgos o detalles topográficos.

Las imágenes fueron tomadas en lugares distintos (Berlin, Washington, New York, Córdoba y Dunamar),  en un lapso de 12 años (entre 1997 y 2009).

Cada una de ellas es indicio de la existencia de un rincón del mundo que se imprimió sobre el negativo fotográfico. Copiadas y enmarcadas con el objetivo de homogenizar diferencias técnicas y reunidas, ahora, en el espacio de la galería –o del libro—se presentan como fragmentos de una geografía nueva y puramente ficcional o fotográfica. Imágenes de un tamaño modesto ---comparado con los grandes formatos con los que Eduardo Gil venía trabajando-- nos  invitan, entonces, a abismarnos en ese universo inédito, natural y onírico que ahora se llama Praesagïum.

Recorremos entonces, un lugar levemente extraño del que parece que todos se han retirado: un bosque interrumpido por un obelisco inexplicable de cemento, o tal vez un jardín con lo que podría ser una mansión abandonada y equívocas escalinatas tomadas por la vegetación. O un cementerio, con ángeles de mármol y bronce cubiertos por la hiedra.

Al recorrer sus recovecos también encontraremos superficies de vidrio, de funcionalidad indeterminada y un territorio yermo que podría pertenecer a alguna institución (una fábrica, un cuartel, un hospital, un manicomio).

Esta naturaleza, por momentos espectral y misteriosa, por momentos disciplinada y tal vez incluso más inquietante es un espacio sin otra presencia humana que el de la mirada –antes, la del fotógrafo; ahora la nuestra--. Y así como los bosques oscuros son el escenario perfecto para la aparición de brujas y druidas, o las mansiones abandonadas el hábitat por excelencia de fantasmas y vampiros, la geografía ambigua de Gil parece el lugar adecuado para el suspenso, para que esperemos que algo pase, sin estar seguros de si será una señal o no, si anunciará un destino funesto o venturoso como el de Alejandro. O tal vez, cada uno de esos recodos --la escalera o los ángeles tragados por el verde--, más que un escenario sean ellos mismos, una huella, una suerte de presagio o de ambigua alegoría que hay que descifrar.

Con el título que reúne estas imágenes, Eduardo Gil remarca las tensiones que caracterizan a la fotografía, y en un gesto muy barthesiano, recurre a una lengua muerta para que sea el pasado el que habla de lo que está por venir. Y es que efectivamente, como las imágenes de Praesagïum, toda fotografía es una puesta en escena de una paradoja. Cada imagen es un documento del pasado: no dice nada, no porta sentido alguno, excepto exhibir que algo ha existido antes, cuando la cámara lo capturó. Al mismo tiempo, toda fotografía es una ficción y un mensaje por venir, quizás un presagio de un sentido que llegará luego, aunque sea un instante después de que una mirada habite una imagen.